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Manuel
Ormazábal

 

"En la época de la muerte de la
fotografía, volver a la mirada
sorprendida y la torpeza, de
quien desconoce y toma por
primera vez, una máquina
fotográfica""

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Manuel Ormazábal Soto, Artista visual, nace en Santiago de Chile llegando a Copiapó en 1970. Estudio Arte en el desaparecido instituto de arte contemporáneo de Santiago, 1986-1991, entre los años 1996 y 2005 pertenece al colectivo CAJA NEGRA, luego regresa a Copiapó para radicarse definitivamente allí. Ha realizado ensayos visuales combinándolos con propuestas de investigación fotográfica, instalaciones y montajes, para reflexionar sobre el sentido de la imagen, usando la fotografía en su relación con la realidad y la historia, como herramienta para conocer el mundo y reconstruir la memoria. Su trabajo intenta cubrir ideas de identidad, territorio, mito, memoria y muerte, sobre todo en el contexto periférico de la provincia, en que los imaginarios de la cultura popular hacen posible una reconexión con cosmovisiones y lugares que ya se han perdido. De esta manera hay un interés por la visualidad y la fotografía, intentar recomponer imaginarios para situarlos en una contemporaneidad.

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La fotografía es:

M.O: En principio podría parodiar un dato casi enciclopedista, que es un fenómeno de la naturaleza, (la cámara oscura), luego una revolución tecnológica, es decir cargada de misterio arcano y racionalismo positivista al mismo tiempo. Esto supone la comunión de la visión mágica e ilusoria del mundo y el afán científico de entender lo que nos rodea, una manera taxonómica de conocer y conservar lo que va desaparecer inevitablemente, otra forma de momificación para burlar la muerte. Todo esto para mi significa, en estos momentos, la posibilidad de mirar y pensar la fotografía, porfiadamente, aun en sus elementos esenciales, más que en sus aportes al arte o por su evolución mecánica -digital. Esto se vuelve difícil en el contexto actual, en que conceptos como el de POSFOTOGRAFIA, anuncian la muerte de esta y tiende a sepultar cualquier idea del medio que dé cuenta del mundo tangible, la realidad, el tiempo, lo ancestral y la memoria, su ontología, podríamos decir. En resumen que es un medio tecnológico que nos enfrentó, desde su lanzamiento oficial en 1839, de una manera inédita, con nuestra sed de conocimiento, otra visión de las cosas, la idea de la muerte y el paso del tiempo, por tanto con un profundo aspecto enigmático, místico y fantasmal, que en la actual sofisticación e inflación de lo fotográfico, cuesta mucho percibir y tematizar, o simplemente ya es otra cosa no se logra comprender ni dimensionar.

Mi trabajo fotográfico se caracteriza por:

M.O: Asumir de alguna manera la actitud del AMATEUR, el iniciado en lo fotográfico, el coleccionista, del investigador no especialista, por lo que implica una suerte libertad “irresponsable”, de nomadismo imaginario. Intentar lograr una consciencia del contradictorio diálogo de la fotografía con lo artístico, por ejemplo qué significa eso de ser artista, además ¿Quién lo es? cuando y donde el ARTE se manifiesta. Tener consciencia además del lugar desde donde se trabaja, el paisaje, la propia biografía, el origen social etc. Esto significa saber las limitaciones tanto técnicas, geográficas y culturales, para quizás poder, con todos los elementos que brindan aquella herencia limitada y a veces precaria, intentar recomponer la memoria tanto colectiva como la individual y proponer su recomposición en un presente que necesita contenido y comprensión, para configurar un campo simbólico que nos redima.

Jugar con esa idea de estar redescubriendo lo que ha sido negado por la historia, la realidad, la fotografía (el arte) y el alfabeto de las imágenes, estar siempre al comienzo de algo, sin saber necesariamente si se puede volver a lo sagrado para acceder a una trascendencia. En fin tematizar la inútil melancolía de los márgenes, esto implica, creo yo, repensar o cuestionar una contemporaneidad artística globalizante y los centros desde donde se nos impone.

Mis ideas creativas nacen:

M.O: Los conceptos de ruina, memoria, anacronismo, muerte, pérdida, teatralidad, cultura popular y exceso, seguramente también de otros elementos, que se distribuyen en capas de un inconsciente difícil de conceptualizar o que es mejor no hacerlo.

Espero que el público de mis obras pueda:

M.O: Recuperar imaginarios olvidados, que de alguna manera participe de esa quietud y silencio de la imagen, suerte de reconstrucción de un ambiente religioso, donde el tiempo se detiene, para eliminar un excesivo ruido para la búsqueda de sentido, comunión con una totalidad inabarcable. Sin embargo,
reconozco que es solo pretensión personal y también pienso en lo “improductivo” que significa solo mirar una imagen y dejarse llevar, la obra como un objeto nuevo solo para la contemplación y pensamiento, que una vorágine del sistema no soporta, por lo mismo sería un acto subversivo en esta era de la capitalización del trabajo y el tiempo, presentando la imagen como mero espectáculo. Esto para mi es relevante porque supone un acto de resistencia ante toda aquella forma de ARTE utilitaria y desechable, es decir pensar la obra como opuesta al llamado objeto de consumo mercantil y como instrumento ideológico, sino como un algo distinto, inaprensible y transparente a la vez, que intenta conectarse con lo desconocido y lo inmanente. Una poética, quizás, ya para una labor arqueológica que escarba en el olvido.

La educación fotográfica me parece:

M.O: Extremadamente necesaria, como lectura y campo para la creación, sobre todo en un contexto de una masificación de la fotografía y su apabullante generación de imágenes banales y su acceso desmedido a una red o web que absorbe y controla todo, lo que provoca nula resistencia al poder. De alguna manera esto significa una atrofia de los sentidos e imposición de ideas para la uniformidad. Sobre estimulación sensorial y de información manipulada, sin espacio para la contemplación pausada, para evitar la mirada analítica y critica, con la pérdida, que esto significa, de una verdadera comprensión de lo real y lo espiritual, referentes vitales y fundamentales que ayudan a comprender en algo la existencia y su posibilidad de darle un sentido profundo.

Recuerdo como una experiencia significativa cuando:

M.O: En el 2003, fingí ser un fotógrafo de plaza e instale un telón y ofrecí retratos gratuitos, era en negativos de 35 color y B/N, dentro de una estética popular y simple. El resultado fue llenar la casa de la cultura de Copiapó, de fotos 13x18 pegadas en un cartón con viñeta, luego la gente iba a buscar su retrato durante la muestra, sacaba su foto del panel y se la llevaba, la idea era que al final de la muestra los paneles quedaran vacíos, lo que no se cumplió porque muchos no fueron a buscar sus fotos. Lo importante finalmente era el acto de retratar una colectividad a la cual yo pertenecía. Era la época en que los teléfonos inteligentes no existían, por lo que el fotógrafo aún conservaba una especie de aura, ser el documentalista anónimo del pueblo, casi un chamán, por tanto, la gente conversaba mucho conmigo y me contaban su historia. Fui por un momento el fotógrafo popular, anónimo y errante, que estaba desapareciendo. Por cierto, esa experiencia tenía algo de ingenuidad provinciana, es decir esas fotos de baja calidad técnica y formal, estaban lejos de la fotografía como “ARTE”, era escenificar las propias limitaciones y precariedad cultural fuera del espacio de un arte contemporáneo complejo y elitista, propio de un poder central, de eso, recién hoy me doy cuenta. Por lo mismo a ese proyecto le tengo mucho cariño, como ejercicio e intento primario de teatralizar la labor del fotógrafo, de pensar en la función social de la fotografía y que hoy, me parece, sería imposible de hacer.

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